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Llegan a una entrada en la que una vieja tranquera da paso a un bosque de pinos y eucaliptos. Un camino de tierra desemboca en una hermosa cabaña de madera con enormes ventanales. A unos cincuenta metros y al final de un sendero empedrado, cerca de la playa, el faro. Al lado, un pequeño bar, cuya entrada está tenuemente iluminada por neón azul.
El restaurante es un lugar cálido, no muy grande, hay unas veinte mesas de las cuales la mitad están ocupadas. Decorado con motivos de campo, sobre las paredes hay dibujos de caballos en lápiz, algunos a color. Las mesas están prolijamente vestidas con manteles de algodón bordó con Guarda Pampa negra y una vela aromática dentro de recipientes con forma de copa de coñac. La música está a volumen de charla y el ambiente huele a algarrobo. Eligen sentarse en el sector que da hacia la playa. No hay luna.
Juana ya sabe que a Blas lo ascendieron. Blas sabe que Juana piensa publicar en septiembre. Juana sabe que Blas está leyendo su novela anterior. Blas sabe que Juana no duerme con un hombre desde el ventarrón de mayo.
Rápidamente se ponen de acuerdo en el menú. Se acerca el mozo que llamativamente es oriental.
     -          Para mí es coreano -dice Blas con seguridad y no deja lugar al debate-, son más altos, tienen la piel… como más clara.
    -          Para mí es chino, chino autóctono -arriesga ella aunque sin demasiada convicción.
El chico llega hasta la mesa, demostrando mayor voluntad que idoneidad en parrilladas:
     -          Shí, palishada para do, mu bueno, puede sher con shalada o papa flitas... -recomienda.
     -          No, está bien, mirá vamos a pedir dos bifes de chorizo a punto y ensalada mixta –sentencia Blas.
     -          Ah shí, estoooshí; cholizo y moshisha como entlada si quiele… -responde el oriental desorientado.
     -          Eeeh no, no. Bife de chorizo, bife. Churrasco, carne -Blas intentaba contener la risa mientras le explicaba al mozo las diferencias. No quiso usar la palabra “achura” porque le pareció un abuso. Entonces directamente le mostró al mozo una fotito en la carta, de lo que querían comer.
     -          Ahhshísheñó, pelfecto ahola entiendo, ya le tlaigo, pelfecto -el joven, que no paraba de sonreír, hizo una especie de reverencia y se fue.
La risa de su acompañante, como resultado de la insólita situación, hizo estragos en Juana que de ninguna manera intentó ocultarlo y se quedó mirando a Blas unos segundos, antes de preguntarle si prefería Cabernet o Syrah.
Cenaron en un clima de seducción subyacente, en el que Blas, por primera vez desde que conoce a la escritora, se siente seguro de sus posibilidades con ella. Juana, por su parte, se acordó de algunos pasajes de la charla con Carla y en que tal vez…


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Tranquilo Blasito, vos sabés de esto. Dejá que la noche te vaya marcando el camino. Vas a estar bien, tranquilo. Además es una mina más, sólo eso, vuelve a repetirse el muchacho para aquietar los nervios que está sintiendo. Lo del Intendente lo inquieta y le provoca cientos de interrogantes sobre los que no puede concluir, quizás por eso se dice a sí mismo: No puede ser, ¿cómo va a ser? No… no.
A las 20.57 pone las balizas en la puerta de la casa de Juana, que un minuto después le hace señas a través de la ventana que da al jardín.
Se pone un poco más de perfume, acomoda el cuello de su camisa y sonríe recordando el disfuncional primer contacto que tuvo con ella, aquel día en que un viento los cruzó en esta vida. Selecciona la reproducción aleatoria en el estéreo, como para que una dosis de azar salpique la velada.
Juana sale al pequeño porche y se da vuelta para cerrar la puerta con llave, la luz la ilumina desde arriba y a Blas le parece un seguidor alumbrando a la figura principal que en ese instante recorre el escenario.
Tiene puesto un pantalón de jean muy claro, casi blanco, que copia con benevolente precisión sus curvas. Un saco negro a la cintura, atado con un lazo y cartera marrón oscuro. El pelo suelto.
Las pelotas una mina más… las pelotas, piensa el bombero mientras se estira en el asiento para abrirle la puerta del auto.
     -          Buenas noches señor, ¿cómo está usted? -dice Juana sonriendo mientras sube al auto, antes de darle un beso en la mejilla al muchacho.
     -      ¡Perfecto! -responde él con énfasis, y agrega-, todo en orden por suerte. ¿Tus cosas?  
      -          Excelentes; sin entrar en detalles, digamos que muy bien.
    -        Buenísimo, me alegro. Ya me vas a contar, pero antes por favor decime: ¿parrilla o pastas? –pregunta Blas sin disimular cierta ansiedad, arrancando hacia la zona del sur de la ciudad.
      -          ¡Parrilla, sin dudas! -responde Juana entusiasmada.
Tardaron unos quince minutos en llegar al lugar. Juana fue contando lo divertido del viaje, su esperado encuentro con Carla y cuánto le sirvió el contacto con la prensa en Uruguay. Blas por su parte le iba explicando cómo funcionaba la oferta gastronómica durante el invierno. Sin decírselo, a esa altura de la noche, ambos comprendieron que no era momento para hablar sobre las “elocuentes imágenes” del noticiero, y el “indeseado resultado” que estaban generando en el ecosistema de la mujer. Así que con tácita complicidad acordaron dejarlo para después, asumiendo, cada uno para sí mismo, que los dos sabían lo que los dos sabían.



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“A mí también me dejaron”, se quedó pensando Blas, después del mensaje de Claudia. “¿A quién no lo dejaron alguna vez?”
El resto de lo que pensó el bombero, no lo sabemos. Lo cierto es que lavó las unidades en silencio, cual era su obligación de ese día. Rellenó los recipientes de comida y agua de Cachito. Luego se despidió de sus amigos con un lacónico saludo, y volvió a su casa. Se bañó. Se probó un par de camisas antes de decidirse por la negra a la que, pensó, tantas conquistas le debía. Se perfumó y se perfumó y se perfumó. Volvió frente al espejo, se dio el visto bueno definitivo y con una mezcla rara de sensaciones que iban desde la ansiedad por reencontrarse con Juana, a la desilusión por haberse chocado con una víbora rastrera, pasando por estaciones intermedias que hacían pie en la esperanza en su olfato, en la experiencia que lo avalaba para salir con una mujer sin necesidad de complicarse demasiado, en el deseo de volver a ver esa mirada que tanto había escudriñado en la contrasolapa del libro, y en el temor que no podía negar tener, ya que el corazón se le había acelerado ni bien puso en marcha el auto; sí, con esa mezcla rara de sensaciones, puso primera y partió rumbo a la casa de Juana, como habían quedado de acuerdo la noche anterior, cuando ella le escribió, contestando a su mensaje: “Dale. Llego hoy. ¿Mañana? ¿Pasás por mí a las 21 y comemos algo por ahí?”
Encendió la radio. Buscó una emisora donde estuvieran pasando música. Se detuvo en una. Y en vez de ponerse a cantar, como hubiera hecho cualquier otro día, se dijo a sí mismo una y otra vez, en voz alta: Es una mina más. Una mina más. Una mina más. Y aceleró. Como para darse a sí mismo, el empujoncito final de valor.



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Viernes destemplado a las cinco de la tarde en la ciudad costera. Las calles se llenan de guardapolvos blancos maltratados por el viento. La gente camina inclinándose hacia adelante, sosteniendo, con las palmas de las manos, los cuellos de los abrigos. Lauría y Analía toman mates en el comedor del cuartel, ocupan la mesa frente al ventanal y charlan acerca de la capacidad de los chicos para evitar congelarse las manos, cuando se agarran del hierro de los juegos en la plaza de enfrente.
     -          ¡Es al revés que los futbolistas! -comenta la mujer entre risas, y fundamenta- ¡Juegan en Siberia con la cancha cubierta de nieve, mangas cortas, pero eso sí, se ponen guantes! Son bastante flojitos, no me lo podés negar…
     -          ¿Vos sabés lo que se siente al caerse y rasparse las manos con el pasto congelado? ¡No tenés idea!, se te queman las manos; y no te digo nada si te las golpeás… ¡pedís el cambio! -agregó Lauría divertido mientras miraba la tv de led de 40 pulgadas, reciente adquisición del destacamento.
En ese momento entra Blas acompañado de un mecánico y se acerca a la mesa con un paquete con facturas, scones y cremonas de grasa. Abre el envoltorio y lo ofrece a sus comensales:
     -          Cumplo con mi compromiso post ascenso, en este humilde acto… -bromea Blas mientras se sienta y agarra el primer mate– ¡Mamita qué tornillo!, decía mi abuelito –completó. Estiró la mano y acarició a Cachito, que recostado bajo la mesa lo miraba esperando el saludo cariñoso que todo el personal del cuartel le prodiga con generosidad.
En el canal local de noticias, la cronista de exteriores hace su copete desde la pista de aterrizaje de Camet, hablando del derrotero del Intendente y sus colaboradores por Montevideo. Mientras informa, las imágenes muestran al político disertando en una rueda de negocios, firmando unos contratos y por último bajando del avión privado junto con su comitiva y entre ellos, Juana. Se los ve caminando por la pista hacia el auto de protocolo. Ella va cruzada de brazos, con un sobretodo y anteojos oscuros. Él, de sport, camina a su lado y unos metros antes de llegar al auto apoya su mano en la cintura de la escritora. Suben solos, el resto del grupo se dispersa. El conductor del noticiero se dirige a la periodista irónicamente:
      -          Se lo ve muy bien acompañado al Intendente, ¿verdad Ángela?
     -          Sí, tal cual, se trata de la escritora del momento podríamos decir, ella es la cordobesa Juana Garnier –puntualizó la chica.
     -          Sí, sí; por supuesto que la conocemos -enfatizó el conductor–. ¿Nos podés agregar algo más respecto de este viaje que han hecho o lo dejamos para los programas “del corazón”?
    -          Mirá Pedro, no te puedo dar precisiones acerca de si llegaron juntos a Uruguay, pero sí que se los vio saliendo de las conferencias de él con los distintos empresarios yyyyy… a-parente-mente –continuó la cronista intentando generar expectativa- se habrían alojado en el mismo hotel; después, como habrán visto, volvieron juntitos -finalizó con cierta ironía y una sonrisa intencionada.
    -          Bueno, de todas formas recordamos que el Intendente es un hombre separado y aunque no sabemos mucho de Garnier, hay que reconocer que… ¡se los ve bien juntos, eh!, digo, no sé… -continuó Pedro desde el piso, antes de pasar a los reportes de tránsito.
Lauría era el único que estaba mirando las imágenes. Por ello pudo advertir a Blas, pateándolo en un tobillo, para que prestara atención. Segundos después, le pregunta en voz baja:
     -          ¿Querés un mate cocido o la medialuna baja igual, campeón? -le habló al oído, mientras su compañero sonreía resignado, aceptando con un gesto que el descenso de Kimberley le hubiera molestado un poco menos.
En ese preciso instante, a Blas le llega un mensaje de texto de su amiga Claudia: “Che boludo a tu amiguita la escritora le gusta el poder parece, avioncito, viajes, viste algo?”
Blas: “Jaja, recién lo veo, me rompe un poco las pelotas, yo invitándola a salir en un modelo 2003…”
Claudia: “Igual te digo, él es un poco petiso para ella y usa campera de carpinchoooooo! Además si fuera un winner, la mujer no lo hubiera dejado, que no decaiga amigo. Besos”.