91



No es que Juana tuviera algo que festejar, muy por el contrario. Ni siquiera tuvo presente durante el sábado, la invitación que Blas le había hecho. Lo que ocurrió fue que en su casa, con su familia, ya sentados a la mesa, se desató uno de esos infiernitos que a pesar de durar apenas segundos, revelan estar siendo cocidos por altas temperaturas y tener la envergadura suficiente como para dejar consecuencias de larga duración.
La madre de la escritora, después de la tercera vez en que su marido le reclamó algo para comer, porque deseaba acostarse inmediatamente, le pidió a su hija adelantar por favor la cena, así podían compartir todos ese momento.
Juana accedió sin dudar, fueron a la cocina y pusieron manos a las ollas. La dueña de casa siempre tiene en el freezer pastas, salsa preparada por ella misma, y pizzas, empanadas, trozos de carne, etcétera; hace tiempo que contrajo esa costumbre de almacenar provisiones porque cuando trabaja en una obra, puede pasar días saliendo solamente para hacer su trote rutinario.
Entre vapor, queso rallado, crema de leche subiendo a la hornalla y preparación de la mesa, las mujeres no pararon de hablar. Juana contestó todas las preguntas que le hizo su madre sobre las conferencias inminentes, y esta a su vez le contó chismeríos de su tierra natal, sin ahorrar gesticulación exclamatoria y algarabía manifiesta.
     -          Estoy tan contenta de estar acá –dijo la señora aprovechando un instante de silencio, tomando las manos de su hija y mirándola a los ojos con esa amalgama de orgullo y devoción particular, que sólo las madres parecen ser capaces de sentir y demostrar.
    -        Yo también mamá, yo también –dijo Juana yendo un poco más allá y abrazando fuerte a la señora que, fiel a su coquetería de siempre, ni bien se separaron repasó su peinado para comprobar que el rodete siga allí donde debía estar.
Con todo listo, fueron a la mesa. Allí la charla continuó, con temas variados. Hasta que el padre intervino:
     -          ¿Y el marmota ese que había venido con vos?
Un poco porque Juana se hallaba en medio de una disquisición sobre el punto exacto de cocción de los sorrentinos, otro poco porque era esta la primera vez desde su llegada, que el padre estaba dirigiéndose directamenta a ella, más el contenido y modo de la pregunta esbozada, adicionando otros motivos que seguramente se nos escapan, lo cierto es que la escritora recepcionó esa interrupción con todo el rostro asombrado. Pero es posible que se haya dado cuenta también, que estaba frente a una oportunidad de dialogar con su padre, que efectivamente parecía estar interesándose al menos por su vida sentimental; así que lo que hizo fue tomarse con gracia la severa valoración de su ex pareja, y contestó:
     -          Se fue a hibernar a otra parte, papá.
Lo dijo con una sonrisa, como intentando calmar cualquier preocupación que ese abandono pudiera despertar en sus progenitores.
La madre igualmente levantó las cejas desde el centro de la frente, con inocultable pena. El padre, en cambio, ladeó la cabeza un par de veces, mientras masticaba y pasaba un trozo de pan por el plato; cuando terminó esa tarea levantó la mirada hacia su hija y dijo:
     -          Me alegro. No te merecía.
El corazón se le aceleró a Juana; tanto necesitaba la palabra de su padre. Y sus consejos. Y su aprobación…


90



El lugar está lleno de gente y a medio iluminar. Las mozas van y vienen entre las mesas y Cata hace de recepcionista. Quienes deben esperar para sentarse a cenar, buscan acomodarse en los sillones, Blas climatiza la espera con una copita de oporto o algún tinto que haya que promocionar.
Acaba de perder la apuesta con su amigo, una mujer de unos cincuenta años lo reconoció como el bombero que ayudó a la bombera y por si fuera poco, salvó al gatito de morir rostizado.
La noche avanza dulzona, buen clima. Muy buen clima. Ya se corrieron las mesas para que la gente empiece a bailar. Cambió la iluminación, ahora es un programa electrónico que late con la música, el que decide armonizar. El musicalizador está en un trance exquisito y las mujeres captan de inmediato el mensaje sonoro, que decodifican en sensuales y sexuales movimientos, bailan entre ellas; o compiten. Hombres abstenerse. La perla de la noche se llama “Son of a preacherman”, esta gema de Dusty Springfield de 1968, es una acompasada invitación a gustar y hace quedar a Joe Cocker y su sombrero puesto, como el tío pesado de los cumpleaños familiares.
La canción se repite y Blas, que hace unos minutos presta atención a la pista, se sorprende sobremanera al reconocer en ese vestido negro con escote asesino y en el vigor de esas piernas sanas que la tela deja ver al moverse, a Analía, que viaja en acordes en medio de la gente. Está bailando con una mujer. Ella exuda seducción casi al límite del paroxismo, él se hipnotiza al instante. Viéndola moverse, y dirigiendo su mirada al tobillo de la mujer, nota que el zapato negro de nobuk con plataforma deja escapar una pequeña venda color natural. Cree haber cruzado una mirada causal con su compañera. Lo confirma unos minutos después, cuando tiene a Analía parada enfrente sonriendo y apantallándose con sus manos:
     -          ¿Qué puedo tomar, señor barman? -pregunta ladeándose y apoyando su antebrazo sobre la barra. Tiene una mirada vivaz y femeninamente enardecida, los ojos delineados de manera sutil con color oscuro, casi tan oscuro como su pelo, tirado con pasión hacia atrás y atado alto con un aplique plateado, dejando que caiga el resto hasta el fin de la nuca. Sonríe. Entiende rápidamente que Blas la vio cuando en realidad, no la veía. Se divierte con la reacción del hombre- Cárdenas, ¿qué te pasa?
     -          Me sorprendiste mucho. Es que no… ¿qué te sirvo, qué tenés ganas de tomar? -articula como puede.
      -          Cerveza negra -contesta ella.
    -          ¿Alguna en especial? -Blas hace rodar el vaso por encima de la barra accidentalmente, Analía lo agarra justo antes de que caiga al piso y remata entre risas:
      -          ¿Seguro  no querés probar como bibliotecario?
Los dos se divierten con la situación y charlan un buen rato, ella ya se sentó sobre un banco alto, ahora el que apoya los brazos cruzados es él. Tráfico de sonrisas.
En otro extremo del bar e intentando acomodar facciones como en un rompecabezas, Dante distingue la mirada ámbar de Juana, quien se abre paso entre el gentío para llegar a pedir un champagne helado con cassis o en su defecto, durazno.


89



Minutos antes de la hora acordada con Dante, Blas entra al bar y saluda afectuosamente a su gran amigo. Se sientan a comer un sánguche de milanesa con gaseosa que les acerca Cata. Conversan. Dante se interesa por los pasos que va ensayando la relación con Juana. Después le hace una propuesta a Blas que tiene que ver con regentear una de las barras del bar, una vez que llegue la primavera y la ciudad se vaya preparando para las invasiones mundiales. A Blas la idea le interesa, ya la desestimó en alguna oportunidad; pero ahora considerando que el bar trabaja cada vez mejor y que podría ser un importante ingreso extra, está casi convencido.
     -          Lo terminamos de definir en la semana, Dan -contesta el bombero.
    -          Perfecto. Bueno, mirá lo que te preparé para esta nochecita, ¡azafatas por todos lados, Cárdenas!, despedida de una de ellas o algo así. La barra chica es toda tuya, hacé desastres nene…
El bar “Pantaleón”, debe su nombre al marplatense Astor Piazzolla, así lo decidió el padre de Dante a finales de los setenta. Está ubicado sobre la avenida del mar, en la zona de los pescadores, justo frente a la playa donde termina el boulevard. Es una antigua casona colonial bien acondicionada, se entra por un breve jardín con una pequeña fuente. La fachada combina colores ocre y blanco y está iluminada con lámparas enclavadas en el césped. Una vieja doble puerta ciega de roble y un ventanal del estilo defendido con hierros negros, completan el frente. El salón principal tiene un piso de baldosones blancos y negros, iluminado suavemente por dos arañas de troncos tubulares de seis luces cada una. Ahí hay unas veinte mesas de madera sin mantel, distribuidas frente a un escenario pequeño que exhibe con orgullo, un enorme mural al óleo también en blanco y negro del bandoneonista, en su recordada performance de 1984 en el festival de Montreal. Con frecuencia tocan allí  bandas de jazz o electrotango, los géneros preferidos de Dante.
La barra grande sobre un extremo del salón, con sus respectivos taburetes; a sus espaldas la cocina, y al lado el sector donde se ubica quien pasa la música. Hay salida al patio colonial de lajas y canteros llenos de calas, bancos de plaza casi tocando la enredadera y un aljibe, todo eso bajo una tupida parra. De cada lado del ala principal de la casa y comunicados por arcadas, hay dos ambientes contiguos, más chicos, con sillones de dos y tres cuerpos y mesas indias bajas sin pintar. En uno de esos sectores está la barra chica.


88



Juana fue hasta la panadería más cercana. Prepararon té y merendaron en el living. El hombre quiso que le preparen el mate, y con él y el termo reposando en su regazo, permanece frente al ventanal. Parece ajeno a la conversación de las mujeres.
¿Ya sabés qué te vas a poner para la primera conferencia?... No, Juanita; no. No dejes esas cosas para último momento. Vamos a ver tus cosas y lo decidimos ahora, y si te falta algo tenemos tiempo de ir a comprar… ¡Pero, nena! ¡Siempre igual, vos!... Yo a tu padre le traje saco y corbata. El hombre giró rápido la cabeza hacia su esposa, con mirada fulminante. Juana levantó las cejas, advirtiendo el descontento. Su madre, en cambio, hizo un gesto despreocupado con la mano en su dirección, como restándole importancia, y retomó la conversación. Bueno… ¿vamos a definir eso, Juanita?...
     -          Qué hay de cena… -dijo el padre interrumpiendo la partida de las mujeres hacia el dormitorio.
     -          …no sé, lo que quieran… -empezó a decir Juana, e inmediatamente agregó con entusiasmo- ¡Podemos ir a comer afuera!, hay una parrilla fantástica que…
     -          No –dijo el hombre cortante, y pasó de mirar el ventanal a buscar a su esposa haciendo un movimiento con la cabeza para, así, esquivar a Juana que se interponía en su campo visual- A mí preparame algo sencillo temprano –dijo entonces, directamente a la doña-, quiero irme a acostar.
La madre tomó a su hija de la mano y la hizo continuar el camino hacia el cuarto, mientras empezó a sugerir que por las características del evento, lo mejor sería algo elegante pero no despampanante, como un trajecito de falda y saco, con una camisa debajo y tacos clásicos… Juana se dejó llevar, luego abrió las puertas del placard y finalmente se sentó en la cama mientras su madre corría las perchas, sin dejar de hablar. La mudez exterior de la escritora contrastaba con el aturdimiento que provocó en su cabeza, la deliberada indiferencia que le prodigó su padre.