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Saca sus pies descalzos de debajo de las sábanas y al apoyarlos, aunque se estremece tiritando con el frío del agua marina en los tobillos, no se sobresalta. Comprende instantáneamente que su cuerpo y su alma viajaron hasta ahí. Con la curiosidad con la que leyó sus primeros clásicos en edad de pupitre, campana y besitos de tutifruti, levanta la mirada y ve un telón gris ennegrecido que hace de horizonte, reemplazando la pared de su cuarto, de cualquier cuarto. Abre sus ojos hasta más no poder, fija la mirada en distintas direcciones como fotografiando la circunferencia interminable. Siente los lagrimales intentando inundar sus párpados. Intenta captar alguna melodía pero no, las notas las pone el viento que sopla, un viento espectral que se oye pero no se siente y que a su vez arrastra pétalos de girasol u otra flor dorada. Camina. El agua apenas cubre los pies, no vienen aun, las olas que sorprenden y arremolinan; todo en calma.
Una soledad pasmosa, inquietante, pero que no la perturba; una soledad merecida, amistosa. Una soledad buscada, invadida únicamente por pisadas que presagian buenos momentos. Va escuchando solamente el ruido de sus pasos en el agua, sobre la arena lisa y esponjosa. Empieza a distinguir algunos contornos de personas, bordes, pero sin rasgos, sólo andróginas figuras en diferentes escalas de grises, lo suficientemente grises como para recortarse del fondo. Flores tornasol, naranjas como llamas; tallos y hojas de intenso verde brillante, asoman valientes, dejándose sacudir con el desnivel tenue del agua; estambres como antenas, buscando fecundar.
Ella camina sin rumbo y sin ser advertida por esas sombras humanas indiferentes que ahora la rondan, no siente temor porque comprende que todas y cada una de esas personas son parte de sus entornos, de los aparentemente olvidados, los atesorados y también los deseados. Mira hacia atrás, pero en realidad no hay atrás, el horizonte es envolvente, el cielo sigue gris. Ahora llueve oblícuo. Cuando termina de girar sobre su propio eje, ve que un hombre se para frente a ella, es la única cara cuyos rasgos aparecen tan nítidos como los relámpagos madrugadores de esta tormenta, es su ex pareja, lleva un bebé en cada brazo y la mira en paz.
-          Nunca me respondiste, ayer dejé de esperar, mirá, ¿los conocés?
Las palabras del hombre apenas se oyen por el trueno, pero llegan con claridad, además muestra a los bebés como ofrendándoselos. Desaparecen. O en realidad es ella que mira hacia allá. No existe la angustia, no hay adioses, hay espacios.
Dos rectángulos de papel amarillo danzan en las manos de la mujer, la bruma las humedece, las manos y las notas; pero siguen legibles, ahora no arden. No lastiman tampoco. Es hora de volver, la sensación de caminar hacia ningún lugar sigue estando, pero de alguna manera ella sabe que está volviendo.
Se da cuenta de que cuando fija la mirada en algún punto, el agua salada deja ver la arena. Entonces dibuja mentalmente playas para recorrer, empieza a sentir la tibieza de la arena que, aun sin un rayo de sol de febrero, ofrece calor a la planta de sus pies. Piensa en darse vuelta y recorrer la lejanía bañada de mar por última vez, pero inmediatamente entiende que ya no hay tiempo, empieza a dividirse en universos yuxtapuestos.
“Ayer dejé de esperar”, sin abrir los ojos y respirando profundo, se fascina con la sinceridad inesperada de esa sentencia. No cree haber llegado un día tarde, entonces le da un valor aun mayor a lo que acaba de pasarle.
El cuerpo sigue ingrávido sobre las sábanas, el corazón estira las pausas y todo vuelve a verse claro. “Si alguna vez sentiste algo realmente profundo por mí, vas a saber entenderme, sin reproches ni deudas a cobrar. Una familia, sólo eso, una familia. Nada más y nada menos. No te dejo culpas, pero creeme que hago lo que puedo. Estamos y estuvimos a destiempo. Nos libero. Perdón, si cabe. Chau”. Juana se escucha a sí misma con voz amanecida, repitiendo: “Perdón, si cabe. Chau”.
Mira la hora, mira el ahora. Está tranquila en la quietud de los ambientes. Siente un arrollador deseo de sentarse a escribir; en su libretita anota algunas cosas. Dibuja con lápiz negro lo que parece ser un globo terráqueo pero sin continentes, como si las profundidades hubieran deglutido todo signo de vida, de dolor y de esperanza.



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